La carretera andina no perdona improvisación: cambia de altura, de temperatura y de visibilidad en minutos. Esto es lo que hay que saber sobre el carro y sobre la técnica antes de subir.
ROEWE Venezuela · Actualizado en septiembre de 2026
Los Andes venezolanos van desde valles a unos 600 metros hasta pasos por encima de los 3.000. En la Transandina, el paso del Águila supera los 4.000 metros. Ese rango cambia físicamente cómo funciona el motor: a mayor altitud el aire es menos denso, entra menos oxígeno por ciclo y un motor atmosférico —sin turbo— entrega menos potencia efectiva que a nivel del mar.
La consecuencia práctica es que en altura el carro se siente más perezoso: adelantamientos que abajo requieren tercera, arriba piden segunda. No es una falla, es física. La electrónica de un motor moderno como el 1.5 GDI ajusta la mezcla mediante los sensores de admisión para mantener la combustión correcta, pero no puede fabricar el oxígeno que no está.
Por eso en montaña importa más el torque disponible que la potencia máxima. Los 158 N·m a 4.500 rpm del i5 sobre 1.195 kg de peso funcionan bien si el conductor entiende una cosa: en subida hay que llevar el motor en revoluciones, no dejar que caiga. Subir a Mérida en una marcha demasiado larga es el error más común y el que más calienta el motor.
La carretera Trasandina y las vías que suben de El Vigía hacia Mérida, o de San Cristóbal hacia el páramo, son secuencias continuas de curvas cerradas con visibilidad limitada. La técnica correcta es una sola y es vieja: frenar antes de la curva, en recta, y salir acelerando suavemente. Frenar dentro de la curva transfiere peso al eje delantero y desestabiliza el trasero.
El carro ayuda o estorba según su geometría. Una altura contenida —1.498 mm en el i5— y un ancho de 1.838 mm mantienen el centro de gravedad bajo y limitan el balanceo lateral, que es lo que marea a los pasajeros y lo que hace que un vehículo alto se sienta inseguro en curva enlazada.
Aquí es donde el ESP deja de ser una sigla del folleto. En una curva cerrada con firme húmedo —algo cotidiano en el páramo— si el eje trasero empieza a irse, el control de estabilidad frena ruedas de forma individual para devolver la trayectoria. Junto con ABS, EBD y asistencia de frenada, viene de serie en las tres versiones.
Los descensos andinos son largos, no cortos. Bajar del páramo hacia Mérida, o de La Grita hacia el valle, puede ser media hora de pendiente continua. Si uno baja con el pie apoyado en el freno, el disco acumula calor sin poder disiparlo, el material de fricción pierde eficacia y aparece el fading: pedal largo, frenada floja, justo cuando más falta hace.
La solución es usar el motor como freno. En la versión sincrónica de 5 velocidades, se baja a tercera o segunda antes de iniciar el descenso y se deja que la compresión sostenga la velocidad, usando el pedal de freno de forma puntual y firme, no continua. La marcha se elige antes de la bajada, no en la mitad.
En la CVT el principio es el mismo: al levantar el acelerador el sistema retiene y sostiene la velocidad. Conviene familiarizarse con esa retención en un descenso corto antes de enfrentar uno largo, para saber cuánta velocidad contiene por sí sola y cuánto trabajo le queda al freno.
Nunca se baja en punto muerto. Es un mito peligroso: sin la retención del motor, todo el trabajo de frenado recae en los discos, que es exactamente el escenario que produce el fading.
En el páramo la neblina no llega: aparece. Un banco denso puede reducir la visibilidad a pocos metros en cuestión de segundos, sobre todo al final de la tarde. La regla es reducir velocidad de inmediato y aumentar la distancia con el vehículo de adelante, porque el tiempo de reacción disponible se acorta con la visibilidad.
Un error muy extendido: encender las luces altas con neblina. La luz alta rebota en las gotas de agua suspendidas y devuelve un muro blanco que empeora la visión. Lo correcto son las luces bajas —los faros LED del i5 dan un haz definido— y los antiniebla si el vehículo los tiene. Y encender siempre las luces traseras para que te vean.
El otro reflejo útil es bajar un poco el vidrio: en neblina cerrada el oído da información antes que la vista sobre un vehículo pesado que viene en sentido contrario en una curva ciega. Y usar el desempañador, porque el contraste de temperatura empaña el parabrisas por dentro justo cuando peor está la visibilidad afuera.
Si vives en el eje andino, la página de ROEWE en Mérida y la de San Cristóbal tienen la información de atención local; para quienes bajan al centro por la Centro Occidental, también está Barquisimeto. En Trujillo, incluida Valera, coordinamos la atención por WhatsApp al +58 424-210-8290.
Para revisar cómo se comporta la mecánica en detalle, consulta la ficha técnica; para el plan de mantenimiento, servicios; y si estás evaluando la compra, precios y catálogo.
Rinde menos que a nivel del mar porque el aire es menos denso, como cualquier motor atmosférico. Con 158 N·m sobre 1.195 kg, el ROEWE i5 sube bien si se lleva el motor en revoluciones y no se usan marchas demasiado largas en pendiente.
Con el motor. Se reduce de marcha antes de iniciar el descenso (tercera o segunda en la sincrónica; en la CVT basta con levantar el acelerador y conocer su retención) y se usa el freno de forma puntual y firme, nunca apoyado de forma continua.
No. Sin retención de motor todo el frenado recae en los discos, que se calientan y pierden eficacia (fading). Es una práctica peligrosa en cualquier descenso largo, y en los Andes especialmente.
Luces bajas y antiniebla si el vehículo los tiene. Las luces altas rebotan en las gotas suspendidas y forman un muro blanco que reduce aún más la visibilidad.
Porque en curva cerrada con firme húmedo corrige un derrape incipiente frenando ruedas individualmente, antes de que el conductor alcance a reaccionar. Es de serie en las tres versiones del i5.
Sedán 1.5L GDI de 129 HP, 509 litros de maletero y doble pantalla de 10,25". Desde $18.500 USD en compra programada.